diez kilómetros
(escuchando Harry Connick jr, when Harry met Sally)
había que lucir bien, así que se pusieron sus mejores galas. traje, corbata y mucha gomina ellos, y traje chaqueta y mucho rímel ellas, y se colocaron para la foto. con la sonrisa inequívoca del trabajo bien hecho, inauguraron diez kilómetros más de autopista. la antigua carretera de dos carriles y once metros de ancho ha quedado transformada en dos vías de acceso a las fincas que quedan en pie. una vía a cada lado de una nueva calzadauna que mide treinta y cuatro metros de ancho. veintitrés más que hace dos años que empezaron las obras. y eso durante diez kilómetros. más los veinticinco que ya había. más los doce que quedan. qué rápido todo. cuánta autopista. metros y metros de asfalto con esculturas en las rotondas situadas al final de cada salida y muchos puentes y más puentes y más esculturas. o restos, porque también ponen restos a modo de homenaje. como las columnas del hostal can Tix, un edificio histórico que quedó reducido a escombros sin pasar por la casilla de salida, y del que han decidido guardar su memoria en forma de ruinas. qué detalle. lo mejor, el precio. total, impuestos incluidos, cuarenta y nueve millones seiscientos dieciséis mil ochenta y cinco euros de nada. por diez kilómetros. para ellos, directamente y por consenso popular, el treinta por ciento. para los que tenían el huerto, el hostal, la casa de campo, su hogar, el porche en el que pasar las horas, el safreig en el que bañarse en verano, seis euros por metro cuadrado, o sesenta si había paredes. y la memoria de que, justo en ese trozo de asfalto, ahí, en la tercera raya después del anuncio de la ciudad de los zapatos, había un limonero, dos naranjos y un melocotonero que daban la mejor fruta de la zona. porque no pudieron decir, ni protestar. bueno, protestar sí, pero nada más. porque había que decidirse muy rápido, que el día de la inauguración tenía que coincidir con el nombramiento del jefe como candidato a cuatro años más de Dios. y luego, se tomaron unos vinitos en una de esas fincas en las que un grupo de actores ha organizado un espectáculo para que los guiris vean cómo eran los oficios del campo y cómo se vivía no hace tantos años, antes de las autopistas. y luego inauguran una exposición de fotos sobre la cocina mallorquina, que recoge el proceso desde la siembra de productos, hasta el plato humeante en la mesa. qué fotos más buenas. y la comida? no digas nada, que ya me está entrando hambre. si es que no hay nada como ir al mercado a comprar productos frescos del día, verdad? en fin.
los libros son para los pobres que no tienen dinero para ir al cine. Manuel Sanabria, la fiesta.

