(escuchando Keith Jarret, the Köln concert)
un día, Louis recibió una petición que le sorprendió. como contorsionista de circo, nunca había necesitado nada más que llevar a cabo sus ejercicios para recibir el aplauso del público y, cada semana, el sueldo correspondiente. pero la vida de artista callejero era muy distinta. sin el abrazo de la infraestructura circense, tenía que deslumbrar a aquellos que se dignaran a hacer un alto en sus vidas para contemplarle durante unos minutos. por eso se extrañó de que le dijeran y la niña, no hace nada? queremos ver actuar a la niña. pero la niña, a pesar de ser su hija, no sabía hacer nada. al menos, que él supiera. haz algo, vamos rápido. muerta de miedo, se puso a cantar la marsellesa. Dios mío, cómo cantaba. incluso hizo llorar a alguno. aquella mocosa de diez años sabía como usar sus cuerdas vocales. y de qué manera. así que la niña comenzó a actuar en la calle junto a su padre. él sólo, no conseguía más que un par de monedas para un mendrugo de pan. con ella, el plato caliente y la botella de vino estaban garantizados. pero la niña creció y la empezó a darse cuenta de que la que ganaba dinero era ella. y salió a la calle ella sola. sobre las aceras, alguien la convirtió en la môme. Piaff, el gorrión, cambió de escenario y se subió al de un cabaret. luego, a de los teatros de variedades. años después, Edith cantó en el Olimpia. triunfó y murió como una estrella. llena de excesos y aducciones. le cantó el mundo que veía la vida en rosa y no se arrepintió de nada. la vida de Edith Piaff, qué vida. y, sin Marion Cotillard, esa vida sólo sería un recuerdo. porque es una de esas actrices que desaparecen para convertirse en otra persona. esa es su profesión. no es una estrella, es quien quiera ser. sus papeles no son papeles, sino vidas. ya no es la chica de taxi, ni aquella joven de quiéreme si te atreves, ni el contrapunto femenino de un buen año, sino la môme, la niña Piaff, Edith. joven, jovial, triste, colocada, encorvada, destruida por la tristeza y las drogas, aquella imagen vestida de negro te ponía la piel de gallina sólo con sus manos, la jovenzuela que cantaba en la calle a cambio de unas monedas. Cotillard es una curiosidad en Hollywood, pero aquí es una sorpresa continua. de no ser por ella, la vida en rosa sería otro biopic sobre una artista, otra historia de prinicipios duros, auge vertiginoso y muerte triste y solitaria. porque, de no ser por ella, no tendríamos oportunidad de ver a Edith Piaff en un escenario y a la misma Edith Piaff fuera de él. porque, los que nacimos tarde sólo teníamos su música. y ahora la podemos tener a ella.
si Amélie prefería vivir en sus sueños y seguir siendo una chica introvertida, estaba en su derecho, ya que malograr su vida es para todo ser humano un derecho inalienable. André Dussollier, Amélie.