(escuchando Bishop Allen, february ep)
hacia las cuatro de la madrugada, se despertó sobresaltado. soñaba que se caía de un edificio por alguna estúpida razón. durante un segundo, sintió pánico. sabía que su cuerpo se estrellaría contra el suelo, pero, como siempre ocurre cuando sueñas, abrió los ojos justo antes del impacto. aún así, en ese preciso instante, notó como la cama, el suelo, las paredes y toda la casa, temblaban. medio atontaro, se levantó y fue al baño. se miró al espejo y se dispuso a lavarse la cara. mientras pensaba joder, vaya cara, notó un nuevo temblor. sobresaltado, abrió la ventana y les vio. dos gigantes, un hombre y una mujer, con delantal y gorro de cocina, traspasaban la sierra de Tramontana de una enorme bandeja de horno al lugar en el siempre había estado y en el que ahora había un enorme vació. se quedó petrificado, atónito. el corazón le latía tan rápido que parecía que se le iba a salir por los botones del pijama. sobresaltado, se apartó de la ventana. se apoyó con ambas manos sobre el lavabo y respiró despacio, aspirando el aire a bocanadas. se frotó los ojos, se lavó la cara y se secó. muy despacio, volvió a mirar a través del cristal. la sierra de Tramontana estaba en su sitio, pero los gigantes seguían allí. ella espolvoreaba las cumbres de blanco con un enorme tamizador. luego se levantó para contemplar su trabajo. no podía creer lo que estaba viento. estaba aterrorizado. cerró la ventana y se metió en la cama, temblando de frío o de miedo, no estaba muy seguro. se quedó dormido. por la mañana, las montañas parecían cocas de la abuela recién horneadas, esas que preparaba cuando los nietos iban a visitarla. mullidas, dulces, sencillas, perfectas.
cómo explicarlo? la buena comida es como una canción que saborear, un color que puedes oler. estás rodeado de exquisiteces. lo único que tienes que hacer es tomarte el tiempo necesario para saborearlas. Brad Garret, ratatouille.