once
(escuchando Glen Hansard & Marketa Irglova, once bso)
una vez, dos personas se conocieron por casualidad. o puede que por afinidad. era invierno y, en Dublín, hacía frío. el chico llevaba una bufanda atada al cuello y un abrigo largo de lana. cantaba para sobrevivir, en la calle. durante el día, sólo tocaba temas conocidos. es lo que la gente quiere oir, lo que da más dinero. tocas por dinero? de alguna manera tengo que ganarme la vida. de noche, tocaba sus canciones. es mejor, de noche no me escucha nadie. yo te escucho. ya, y me dejas diez peniques. la chica iba vestida con una falda de flores y leotardos de lana. de día, vendía flores en la zona peatonal para darle de comer a su hija. por la tarde, limpiaba en una casa muy grande. es genial, porque son muchas horas y gano bastante dinero. así que sabes de música, verdad?, le preguntó él una vez. mi padre era violinista, y me enseñó a tocar el piano. menos sufrido para los dedos, me dijo. él sonrió. una vez, hubo una historia de un chico y un chica. pero fue una historia pequeña, de corazones rotos que se sujetaban con cinta adhesiva para seguir avanzando, de pasos cortos que servían para ponerse un poco de mercromina y una tirita en las heridas, que puede que cerraran o no. la historia del chico y la chica emocionaba por sencilla, por sincera, por diminuta, por desapercibida. no dramatizaba, no guardaba la alegría para explotar en felicidad, no construía ni destruía, solo te balanceaba, como un llaüt en medio del mar disfrazado de balsa de aceite. la historia del chico y la chica se llamó once.
sólo soy un estúpido mecánico de aspiradores con el corazón roto. Geln Hansard, once.

