treinta minutos de erudición
(escuchando a un sabio)
son treinta minutos, lo sé. pero a los sabios da tanto gusto escucharles que es mejor dejarles hablar. no vaya a ser que se callen y no quieran seguir contando historias. por suerte, él no tenía ningunas ganas de quedarse sin palabras.
la última broma de Rafael fue morirse el domingo de resurrección. se lo oí a Carlos Francino en la SER, que lo había dicho alguien del que ahora no me acuerdo.

