una raya más
(escuchando Prince, small club, qué grande, qué grande, hacía siglos que no lo escuchaba y qué grande)
otra vez. un titular más. una raya más en la pared.
se me hace extraño ahogarme. nunca había sentido la inevatibilidad de la falta de aire y la amargura de la lástima por mí misma, por el silencio, por la desesperación y el miedo a la ruptura y al dolor. por llorar cada vez que me acuerdo de que no hace tanto tiempo que no había miedo y, sin miedo, no había gritos ni reproches ni vacío. se me hace extraño no poder respirar en mi propia casa o saber que ahora es el corazón roto el que lo manda todo, es la esperanza por una mañana mejor, por un todo llegará, todo volverá a ser como antes. pero pasan los años y no llega, mueren los días y se agotan las fuerzas y se extirpan día a día y segundo a segundo. puede que sólo sea algo pasajero, un camino que dure el resto de nuestras vidas. yo ya no me creo nada. sólo puedo quedarme callada, esperar y no querer avanzar. ahí viene otra vez. y lleva la correa en la mano. otra vez.
ahí estaba yo, es decir, Alex. y mis tres drugos, Pete, Georgie y Dim. estabamos en el dorova milk bar. en el dorova milk bar servían leche plus: leche con venloceta, o con drencromina, que era lo que estabamos tomando. aquello nos agudizaba los sentidos, y nos dejaba listos para una nueva sesión de la vieja ultraviolencia. Malcolm McDowell, la naranja mecánica.

