ciento cincuenta y tres
(escuchando Joe Hisaishi, bso el viaje de Chihiro)
el humo se ve desde decenas de kilómetros a la redonda. el reloj ha parado, la incertidumbre corre por la autopista en dirección al aeropuerto de Barajas. en la radio repiten la misma noticia una y otra vez. el número de víctimas es una montaña rusa. cada emisora tiene distintas fuentes. mi mujer pulsa un botón y pone música. la miro con rabia. necesito saber qué ha ocurrido. si está muerta o no. tengo que saberlo. no puede poner música ahora. no puede. voy a poner las noticias otra vez. ella pone la mano frente al botón y no me deja hacerlo. habla con pausa, como si todo el tiempo del mundo le bastara para asimilar lo que está a punto de comprobar con sus propios ojos. no van a dar su nombre por la radio. su voz suena como el ir y venir de las olas, como si sus palabras fueran de humo y se balancearan en el interior del coche movidas por el aire acondicionado. es mejor no escucharles más. intentemos tranquilizarnos hasta llegar allí. yo aparto la mano. ella también. me mira. está tranquila. yo no. de los altavoces suena el viaje de una niña de la mano de un compositor japonés. y yo casi puedo verle la cara, sonriéndonos cuando subía al avión que significaba el primera paso del resto de su vida. tenía que ir a mirar unos pisos esa misma tarde. papá, no quiero ir a una residencia de estudiantes, me había dicho una semana antes. prefiero vivir sola. yo le había puesto cara de réplica. no te preocupes por el dinero, buscaré un piso que me salga por el mismo precio. y luego había sonreído. siempre había sido una niña con las ideas muy claras. y eso nos enorgullecía. sobre todo a mí, que veía en ella el reflejo de la mujer de la que me enamoré. la realidad me abofetea y tengo que reducir la velocidad drásticamente. bajo dos marchas de golpe. ya estamos muy cerca del aeropuerto. el tráfico en la autopista es cada vez más denso. vamos en segunda. las caras de los conductores de los los que están a nuestro alrededor están llenas de lágrimas. o tienen los ojos muy abiertos, como si, con ese gesto, fueran a entender mejor lo que dice el locutor de la radio. miro a mi mujer. está llorando. la entrada a Barajas es un auténtico caos de pitidos y gritos. al fondo, el humo negro sigue manchando el cielo de pintura, keroseno, hierro fundido, plásticos, piel, huesos. subo el volumen de la música. mi mujer pone su mano sobre la mía en el cambio de marchas y fuerza una sonrisa.
Cuántas vidas vivimos? cuántas veces morimos? dicen que todos perdemos veintiún gramos en el momento exacto de la muerte. todos. cuánto cabe en veintiún gramos? cuánto se pierde? cuándo perdemos 21 gramos? cuánto se va con ellos? cuánto se gana? cuánto… se gana? veintiún gramos. el peso de un puñado de monedas de cinco centavos. el peso de un colibrí. de una chocolatina. cuánto pesan veintiún gramos? Sean Penn, veintiún gramos.

