presión
(escuchando Beth Rowley, little dreamer)
la vio alejarse caminando bajo la lluvia. se quedó en el coche, con la cara desencajada y el nudo en la garganta. no iba a llorar, él no lloraba nunca, pero tenía la sensación de que toda su vida, la que había estado compartiendo durante los últimos seis años, se había volatilizado de repente. era como si alguien dijera bueno, me voy a casa, y se fuera. dejaba de estar. pues eso. ya no estaba. se había marchado. y era para siempre. o eso le decía el punto final. lo siento, pero le quiero, había terminado por admitir, tras una larga lista de mentiras que habían servido para empapelar todos los sentimientos que le mantenían vivo hasta aquella maldita tarde en que, por casualidad, vio un mensaje en su móvil. luego encontró el resto de las pruebas. ahora venía lo difícil. las tardes de soledad, las noches de tristeza, las fiestas vacías, las borracheras elevadas al cubo, la resaca multiplicada por quince al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. pensó que, tal vez, podía ser mejor así. volatilizada. desaparecida sin dejar rastro. fuera de su vida y de la vida de sus amigos. más allá de la frontera de la costa. se iba a marchar. adiós. para siempre. respiró. condujo hasta su casa. abrió una cerveza y se sentó en el sofá. vio atardecer a través de la ventana. cuántas mentiras, pensó. cuántas mentiras. basta. lo dijo en voz alta y se sorprendió del sonido de su voz. se levantó y cogió una aguja, la más larga que encontró. se quitó la camiseta y se buscó el punto exacto en el que se encontraba el corazón. al sentir el tacto del metal afilado contra su pecho, cerró los ojos. el pinchazo le hizo sangrar. los músculos estaban tensos y tuvo que ponerse un dedal para poder presionar la aguja con la suficiente fuerza. continuó introduciendo lentamente el metal a través de sus costillas, hasta que notó que se encontró con algo duro. había llegaba al corazón. se armó de valor y golpeó la aguja hasta que lo atravesó. le dolió más de lo que había pensado. se quedó quieto unos segundos, ahogado, sin palabras, sólo dolor. lo más difícil ya había pasado. poco a poco, fue sacando la aguja. a separarla del cuerpo, un pequeño chorro de sangre salió por el diminuto agujero y se esparció por el suelo, a sus pies. al instante, el líquido rojo olvidó su rabia y dejó de brotar. empezó a notar que se tranquilizaba. se limpió el pecho y se puso la mano justo delante de su microscópico agujero. por él, salía un hilo suave de aire. su corazón estaba perdiendo presión. ya se sentía mejor. ánimo J.
sabe?, un corazón puede estar roto pero aun así sigue latiendo. Jessica Tandy, tomates verdes fritos.

