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February 9, 2009

presión

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(escuchando Beth Rowley, little dreamer)

la vio alejarse caminando bajo la lluvia. se quedó en el coche, con la cara desencajada y el nudo en la garganta. no iba a llorar, él no lloraba nunca, pero tenía la sensación de que toda su vida, la que había estado compartiendo durante los últimos seis años, se había volatilizado de repente. era como si alguien dijera bueno, me voy a casa, y se fuera. dejaba de estar. pues eso. ya no estaba. se había marchado. y era para siempre. o eso le decía el punto final. lo siento, pero le quiero, había terminado por admitir, tras una larga lista de mentiras que habían servido para empapelar todos los sentimientos que le mantenían vivo hasta aquella maldita tarde en que, por casualidad, vio un mensaje en su móvil. luego encontró el resto de las pruebas. ahora venía lo difícil. las tardes de soledad, las noches de tristeza, las fiestas vacías, las borracheras elevadas al cubo, la resaca multiplicada por quince al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. pensó que, tal vez, podía ser mejor así. volatilizada. desaparecida sin dejar rastro. fuera de su vida y de la vida de sus amigos. más allá de la frontera de la costa. se iba a marchar. adiós. para siempre. respiró. condujo hasta su casa. abrió una cerveza y se sentó en el sofá. vio atardecer a través de la ventana. cuántas mentiras, pensó. cuántas mentiras. basta. lo dijo en voz alta y se sorprendió del sonido de su voz. se levantó y cogió una aguja, la más larga que encontró. se quitó la camiseta y se buscó el punto exacto en el que se encontraba el corazón. al sentir el tacto del metal afilado contra su pecho, cerró los ojos. el pinchazo le hizo sangrar. los músculos estaban tensos y tuvo que ponerse un dedal para poder presionar la aguja con la suficiente fuerza. continuó introduciendo lentamente el metal a través de sus costillas, hasta que notó que se encontró con algo duro. había llegaba al corazón. se armó de valor y golpeó la aguja hasta que lo atravesó. le dolió más de lo que había pensado. se quedó quieto unos segundos, ahogado, sin palabras, sólo dolor. lo más difícil ya había pasado. poco a poco, fue sacando la aguja. a separarla del cuerpo, un pequeño chorro de sangre salió por el diminuto agujero y se esparció por el suelo, a sus pies. al instante, el líquido rojo olvidó su rabia y dejó de brotar. empezó a notar que se tranquilizaba. se limpió el pecho y se puso la mano justo delante de su microscópico agujero. por él, salía un hilo suave de aire. su corazón estaba perdiendo presión. ya se sentía mejor. ánimo J.

sabe?, un corazón puede estar roto pero aun así sigue latiendo. Jessica Tandy, tomates verdes fritos.

January 13, 2009

mezclas

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(escuchando Paul Weller, the modfather)

basado en un microcuento leído en uno de los vinilos de chispum.com.
el cuento de miedo estaba cansado de ser malo. ya no le atraía eso de mantener una posición de poder sobre los demás. sobre todo si, para hacerlo, debía seguir utilizando únicamente el respeto de su propio género. cada vez que un grupo de personas se juntaban alrededor de un fuego para narrar su historia, el cuento de miedo se sentía un poco peor. no era una cuestión de renegar de su esencia, una historia que erizaba el cabello en la nuca y que hacía temblar al más valiente, sino de buscar un poco más allá de lo que las normas sociales le dictaban. las cosas son así y nosotros no somos nadie para cambiarlas, le decía su padre, la novela de Drácula, con la solemnidad de los clásicos. pero no lo entiendo, porqué no puedo tener un final feliz o torreones con princesas?, respondía el cuento de miedo. porque las historias de miedo no se deben mezclar con las de príncipes y princesas. eso son majaderías para niños, le contestaba su padre elevando el tono de voz. los gritos de terror son nuestro alimento y debemos estar orgullosos de provocarlos. y no se hable más. y no hablaban más. pero él estaba cansado. así que, un día que iba a por el pan, se desvió del camino y buscó un cuento de esos para niños en el que colarse. una vez dentro, el vampiro protagonista se encontró con la princesa. buenos días, le dijo la joven, ataviada con un precioso vestido azul brillante, soy la bella princesa. no te había visto nunca por aquí. quién eres tú?, preguntó intrigada. yo voy el terrible vampiro del cuento de miedo, contestó, abriendo los brazos y mostrando los colmillos. pues muy terrible, muy terrible, no pareces, contestó la princesa con una sonrisa burlona. pues tú tampoco eres tan bonita como te anuncias, sentenció el chupóctero con la misma sorna. ella se quedó en silencio unos segundos, pero terminó por aceptar la bolea y, a cambio, le devolvió una sonrisa en toda regla. ese, como dijo Rick, fue el principio de una hermosa amistad. desde entonces, viven felices entre murciélagos y flores.

casarse? quién, Mary Kate? qué disparate! es una pelirroja con todas las consecuencias. Barry Fitzgerald, el hombre tranquilo.

January 7, 2009

empecinamiento

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(escuchando Ben Harper and the innocent criminals, lifeline)

se empeñaba en creer en Peter Pan. incluso se cosió la sombra a los pies para no perderla. lo de volar le costó un poco más. pensaba en cosas bonitas y que le hicieran feliz, pero no funcionaba. hasta que pensó que lo que más feliz le haría sería volar. ese día se elevó unos centímetros del suelo. al principio sólo lo hacía en la habitación, para practicar y por si acaso. hasta que depuró su técnica y un día se decidió a salir a la calle. pero tenía que hacerlo bien. así que se cosió un par de hojas de eucaliptus a unos canzoncillos, se hizo un cinturón y se colgó la espada que le habían regalado por su cumpleaños, junto con el sombrero. abrió la ventana, tomó carrerilla y saltó a través del hueco de la pared. casi sin darse cuenta, cruzó la calle. yuju, gritó mientras daba dos vueltas completas sobre la estatua del general romano. sobrevoló el parque, la plaza y el colegio, y salió de los límites del pueblo. atravesó los campos sembrados, la autopista y las carreteras secundarias y siguió volando hasta que llegó a la ciudad. entró por el sur y se movió sobre callejuelas y avenidas. hasta que le vieron los de la sgae. y lo multaron por no pagar derechos de autor.

aceptamos la realidad del mundo que nos presentan. Ed Harris, el show de Truman.

December 10, 2008

pasos (dos)

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(escuchando wilco, sky blue sky)

pequeño experimento literario con el Reyno de Florín. la narración empezó allí. esta es su continuación.

por eso me gustaban. porque me escondía en el banco que está frente al andén, el primero a la izquierda, justo después del arco cuando sales al exterior, cerraba los ojos y viajaba. eran viajes cortos, de unas pocas horas, que me permitían desenchufarme de los formularios y la programación de un trabajo que absorbe el cien por cien de tus neuronas y de tu concentración. por eso había días en los que era mejor no volver, subirse al tren con un billete en blanco, como un cheque que puedes transformar en lo que quieras. eran momentos de placer absoluto. la necesidad de un lienzo vacío en el que dibujar tu destino y, sobre todo, el camino que te va a llevar hasta él. atravesar la puerta del vagón y dejar que la madera crujiera bajo tus pies y te empujara hacia un asiento en particular. y hoy es uno de esos días. desde la ventana del segundo asiento por la izquierda, dejo que las hojas se muevan a su antojo, antes de que se pierdan y se queden atrás, justo cuando empiece el viaje. el rumor de la locomotora se deja sentir en el acolchado en mi espalda, en el cristal de las puertas y en los candados de las maletas del resto de viajeros. yo no llevo maleta. no la necesito. todo lo que me hace falta me cabe en los bolsillos del pantalón y en la bandolera llena de chapas que descansa a mi lado. a punto de salir, dejo mi vista apoyada en los rostros de la gente que espera la salida del tren. algunos, se despiden, otros, lo hacen por placer. otros, simplemente, están. un hombre sentado en la esquina de la terraza del bar tiene sus ojos clavados en los míos. es una mirada apacible, pero me intriga.

siempre hay que seguir, aunque sólo sea por curiosidad. Eusebio Poncela, Martín (hache).

December 4, 2008

destino

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(escuchando Alice Russell, under the munka moon)

desde el Reyno de Florín hablan de un misterioso lugar que debe tener una historia.
caminó durante largo tiempo, años quizá. nadie lo sabía con certeza, ni siquiera él. buscaba, como casi todos en este mundo (del otro no hay noticias fidedignas), su destino. y el destino, pensaba él, tiene que ser un punto, un espacio físico en el mundo. cuando era muy joven, entró en la taberna buscando a su hermano mayor. de pie, en medio de todo aquel humo, le buscó con la mirada. junto a la puerta, un anciano le miraba fíjamente. acércate, jovencito. caminó hacia él temeroso. pareces estar buscando algo, dijo el anciano. sí, respondió él. aquel hombre de tez arrugada le habló de un lugar en el que encontraría el camino a seguir. no busques una meta en él, le dijo, sólo una dirección. si caminas lo suficiente y llegas más allá del horizonte, verás las montañas azules. cuando las atravieses, podrás verla. la torre de los vientos. es un lugar muy antiguo, de cuando los hombres convivían con las bestias y se ayudaban mútuamente. las jerarquías no servían para hundir a los que están en los escalones más bajos, sino para moderar los debates. todos tenían un papel. y todos eran igual de importantes. la torre de los vientos era la que lo dictaba. pero luego los hombres se corrompieron y se olvidaron de ella. pero aún existe. cuando la encuentres, debes subir todos los escalones, hasta el último. y, en lo más alto, contemplar el paisaje y escuchar. desde las cuatro ventanas, orientadas a cada punto cardinal, podrás ver los horizontes más lejanos. tal vez, cuando estés mirando, algo te diga cuál es tu camino. pero, si no, no pierdas la calma, aguza el oído y espera. los vientos propios de cada punto cardinal traen voces que susurran noticias, piden ayuda, deletrean tu nombre, dibujan figuras en tu imaginación. a partir de ahí, dependerá de ti y sólo de ti la dirección que quieras seguir. el anciano calló de repente. ahora vete, se despidió con brusquedad empujándolo fuera del local. desde entonces, aquel chico había crecido con una imagen en la cabeza, la torre de los vientos. así que un día empezó a andar y comenzó el viaje. un viaje que le llevó por valles y lagos, por pueblos y ciudades, y que ahora, tras las escarpadas montañas azules, supo que el viejo estaba en lo cierto. allí estaba. la torre de los vientos. ante ella, se sintió insignificante. se armó de valor y subió las escaleras interminables. llegó a lo más alto casi sin aliento. dobló su cuerpo por la cintura y se sujetó las rodillas. desde las ventanas se podía ver el mundo entero. en silencio, escuchó.

vivimos a la altura de nuestros ojos, a mitad de camino entre las estrellas y los átomos. Carmelo Gómez, Tierra.

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